martes, 2 de diciembre de 2014

Porque te quiero...feliz

Me he pasado cuatro años, en lo concerniente a mi vida amorosa, destacando la parte negativa dos veces más que la positiva.

He llenado mi boca de quejas, de culpas, de fallos y errores. He llorado la tristeza que, anclada a mi corazón, sólo provocaba más y más dolor. El dolor de verte helarte ante mi llanto. El dolor de saberme sufriendo tanto, y finalmente, la aflicción de saber que tus bloqueos estaban llenos de pura impotencia y sentido de incapacidad por hacer nada relevante por mi.

Mi vida amorosa, aunque colmada de amor (mal demostrado), ha sido hasta ahora el complemento más importante de mí misma. Mi pendiente más preciado.

El 90% de ella la he vivido mirando a través de mis ojos única y exclusivamente. Y se me empapa la cara de nuevo al escribir esto, porque es muy duro habiendo podido ser tan felices, que no haya sabido entenderte mejor.

Existen miles de libros y millones de artículos que hablan extensamente de lo diferentes que somos los hombres y las mujeres. Nos convencen de que ellos, por ser diferentes, no pueden ser comprendidos. Al igual que nosotras.
Lo que tus palabras me dicen es que sí, somos diferentes como individuos en algunas cosas, pero lo esencial es igual en ti y en mí. Los dos amamos con la misma intensidad. Los dos sentimos las mismas necesidades de dar. Los dos queremos que el otro (y nosotros mismos) sea feliz. Tú sufres las mismas heridas que yo con mis pequeños estúpidos gestos.

Sí, es cierto que yo lloro y tú te escondes. Es verdad que tú te petrificas y yo me incendio. Pero el dolor que sentimos es igual de intenso y viene de la misma causa. Falta de suavidad, de cariño, de dulzura. Incluso de respeto aunque me cueste admitirlo. Falta de confianza...

Y eso... genera miedo. Miedo a decir la verdad. Miedo a decirle que me gusta hacer esto, o que he vuelto a llegar tarde porque soy un despiste y me olvidé de poner la alarma, o incluso que me apetece ir a tal sitio en lugar de estar con ella ahora.

Y yo... Tonta de mí, incapaz de entender que me tienes miedo. Que tienes miedo de hacerme sufrir porque eso te duele demasiado. Sin ver siquiera que reprimes tu amor por mí. Por evitar mis lágrimas llenas de incomprensión.
Por mi mirada, has pasado de ser activo, sorprendente y detallista, a esconderte y retraerte por MIEDO a hacerme sufrir más. (Y sé que leer esa palabra en mayúsculas te ha hecho sentir diferente de lo que yo quería expresar con ella. Porque eres dulce. Dulce y blando. Sensible hasta más no poder. Como la nutella que tanto te gusta).

Tantas y tantas veces me has pedido tacto. Te pedía listas de defectos y aspectos a mejorar y me decías siempre sólo una cosa: más tacto al hablar.
Y yo, esperando cosas más concretas y mirando de nuevo desde mis ojos... Interpretaba que te daba pereza escribir. En lugar de entender que con eso me lo decías todo. Y que necesitabas que yo lo viera por mi misma porque tú jamás me pedirías que fuera de ninguna manera. Porque me amas tal y como yo quiera ser, aunque te pueda dañar.

Cuatro años de montañas. Montañas monstruosas de incomprensión. De olvidos. De comparaciones con el pasado. De cosas que realmente ni han existido, y si lo han hecho, no importan más que el respeto a tus decisiones. De interpretar siempre que no me querías por tus actos (incorrectos) en lugar de darte la oportunidad, en calma y teniendo en cuenta lo mucho que me amas, de que algo puede haber pasado... O que has cometido otro error que tienes derecho a cometer y el cual llevas meses luchando por corregir. Incomprensión. Tristeza basada en una mala interpretación. Interpretación que jamás fue ni será ya corregida (explicada correctamente) porque el dolor de asumir tu fallo o el dolor de que haya pensado que no me quieras y sentir en tus propias carnes el sentimiento que eso me causa, te paraliza de tal modo que todo va a peor.

He estado tan y tan equivocada creyendo que yo era la única que estaba siendo paciente de los dos... Tan ciega a que tú "tener más tacto" lo era todo para ti y que a pesar de ello eres feliz a mi lado si yo soy capaz de sentirme feliz.

En muchas ocasiones me he quejado de que mis padres me dicen que me quieren, pero luego son capaces de decir que se arrepienten de haberme tenido. Y que esas palabras viniendo de ellos, porque les quiero, me hacen tanto daño que tapan los "te quiero". Y yo, quien me prometí no hacer jamás lo mismo con mis hijos... Soy capaz de hacerlo contigo. Capaz de decirte constante y diariamente lo mucho que te quiero. Antes, durante y después de decirte lo mucho que me duele lo que haces o dejas de hacer. (De hacerte sentirte mal porque me ves sufrir y eso te impacta más que el que te pueda querer).

Y es cierto. Tengo miedo. Miedo de hacerte sufrir constamente. De romper tus preciosos y frágiles sentimientos con mi brusquedad y mirada egocéntrica. Porque todos los actos de los que me quejo me duelen por no confiar. Por no respetar. Y no te respeto porque no uso tus ojos, que me harían comprender que cada segundo que pasa estás latiendo por mi, movido por la ilusión de construir un futuro juntos. Y que trabajas en ello y disfrutas de tu vida con motivación y aspiraciones gracias a la tranquilidad que te genera sabernos juntos. Amándonos constantemente, da igual si llueve o truena... Siempre el uno para el otro.

Me amas. Me amas de verdad. En todo momento. Incluso ahora que no me respondes a mis "te echo de menos". Sé que tú lo haces también, porque miro con tus ojos y siento tu corazón.

Te pido perdón por el daño que te hago y por todo el daño que te he hecho hasta ahora. Incluso te pido perdón por el daño que te haré.

Y te doy las gracias de nuevo... Por soportar alegre todo el sufrimiento por dejarme ser libre. Por la paciencia y serenidad de tus pensamientos siempre positivos hacia mí. Gracias por hacerme siempre sentir que respetas todas mis decisiones incluso antes de que las tome e independientemente de lo que te hagan sufrir.

Te pido, por favor, que de la manera que puedas... Me señales cuando te hago daño para poder besar tu herida y tener más cuidado la próxima vez. Y... si pudieras, cuando mi herida duela, descongélate un segundo, mírame a los ojos y préstame los tuyos.

[El hombre que sale en esta foto, es un hombre feliz. Capaz de crecer, de romper barreras de miedos, de ser innovador, de perder el sentido del ridículo por hacernos reír, capaz de ser él mismo.]

No hay comentarios:

Publicar un comentario